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El Mapa de la Psique

En el crepúsculo de una psique turbulenta, habitaba el arquetipo del Guerrero, cuya esencia, forjada en la lucha y la resolución, se desvanecía en el olvido. En el vasto reino de la mente, sus esfuerzos incansables por alcanzar objetivos y metas eran vistos con desdén, incluso con desprecio, por los demás arquetipos que compartían su morada.

Era la Bienhechora, en su papel de protectora y cuidadora, quien más lo juzgaba. Con sus palabras, lo etiquetaba, lo reducía a una mera sombra de su verdadero ser. En sus ojos, el Guerrero era un vestigio de un pasado violento, innecesario en el equilibrio de lo femenino y lo masculino que buscaban equilibrar. Esta división aumentaba el abismo entre ellos, creando una guerra silenciosa dentro de la psique, un conflicto sin fin.

El Guerrero, negado en su apoteosis, no encontraba retorno al hogar como un héroe. Su llegada, lejos de ser una celebración, era un rechazo, un eco de aquellos veteranos del Vietnam, olvidados y marginados. Regresaba cansado, sus hombros cargados no solo con la armadura, sino también con el peso de la incomprensión.

Sus tareas, interminables y abrumadoras, lo empujaban más allá de sus límites. Día tras día, batalla tras batalla, el Guerrero seguía adelante, sin descanso, sin reconocimiento. En esta lucha solitaria, su voz se elevaba, un susurro al principio, luego un clamor dirigido a ti, lector, buscando un refugio, un reconocimiento.

«¿No ves acaso mi sufrimiento? ¿No comprendes mi esfuerzo?» preguntaba el Guerrero, su voz resonando en las sombras de la mente. «Sin mí, no hay límites que defender, no hay paz que mantener, no hay orden en este caos. Sin mí, ¿qué queda de la vida?»

Era un llamado a la empatía, un ruego por ser visto más allá de los prejuicios y las etiquetas. En cada palabra, en cada suspiro, el Guerrero buscaba ser entendido, ser valorado. Su lucha era también la nuestra, un reflejo de los desafíos que cada uno enfrenta en la búsqueda de su propio lugar en el mundo.

Y así, en la penumbra de la psique, el Guerrero continuaba, incansable, a pesar de todo, luchando no solo por sus metas, sino también por un reconocimiento que parecía tan lejano como las estrellas en el firmamento. En su historia, en su dolor, estaba la esencia misma de la lucha humana, un espejo de nuestras propias batallas internas, una invitación a reflexionar sobre el valor y el sacrificio que a menudo permanecen ocultos en las profundidades de nuestra alma.

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